Haití, el horror escondido


Varios autores Varias fuentes. | 16 enero del 2010


En medio de los escombros y con el tiempo a cuestas, los haitianos intentan limpiar las calles de Puerto Príncipe de miles de cadáveres esparcidos tras el potente terremoto que derrumbó al país más pobre de América. Según el secretario de Salud Pública, Paul Antoine Bien Aime, ya son al menos 50 mil los cuerpos sepultados en fosas comunes en Tityien y otros lugares de las afueras de esta devastada capital.


Pero en esta macabra cuenta de cadáveres, que son recogidos por la Policía y brigadas del ayuntamiento, no se incluyen los centenares que aún permanecen bajo los escombros.


“Ya hemos recogido alrededor de 50 mil cadáveres y anticipamos que habrán entre 100 mil y 200 mil muertos en total, aunque nunca sabremos la cifra exacta”, dijo Bien-Aime.


Este sismo de magnitud 7,3 en la escala de Richter, que sacudió con fuerza al país más pobre del continente americano por poco más de un minuto, ya es catalogado por la Organización de Naciones Unidas (ONU) como uno de los más mortíferos de los que se tenga memoria.

Estas son reflexiones sobre la hecatombe de Haití

Los cantos de Puerto Príncipe

Por Arleen Rodríguez Derivet
Cubadebate.cu


Esta mañana nos despertamos con las réplicas alrededor de las 5 am. Una vez más, los temblores se reunieron con el canto. El canto es casi tan contundente como los sismos. Ellos todavía están cantando ahora con toda su fuerza – ¡Aleluya! (De un blog en Internet)

“Dodo ti pitit Manman…” cantaba mi madre en las noches sin televisión de nuestra infancia. Su voz, dulce y vital como las de todas las madres cuando duermen a sus hijos, se volvía especialmente alegre recordando aquel canto que aprendió en los barracones de la finca de la abuela, que se llenaban de haitianos durante las cosechas de café.

Detrás de la canción, el sueño demoraba en llegar. A mi hermano y a mí nos gustaba que Mami contara historias de aquella gente que iba de la zafra del azúcar a la del café, sin lograr escapar de la pobreza, y sin embargo cantaba. Hasta en los velorios cantaban.


Hoy no sé si me lo inventaron mis recuerdos o si nos lo contó ella, pero estoy casi segura haberle oído decir que “los haitianos son un pueblo tan sufrido, que cuando les nace un niño lloran y cuando alguien muere cantan.”

Cantos desgarradores e incomparables como esos que ahora se elevan en las oscuras noches de Puerto Príncipe, se entonaron muchas veces en los barracones de las fincas orientales, donde los haitianos fueron la fuerza fundamental de la prosperidad de los cafetales y la mayor expresión del desamparo social.


Por supuesto que también le cantaban a la vida. En el propio batey se gastaba cada centavo ganado y las fiestas eran tan intensas como pobres y breves. Había bailes. Y bebidas. Y dulces. Y trajes. Y narraciones. Y todo lo que un pueblo lleva consigo dentro del alma, que suele ser más abundante que lo que a simple vista se ve o cabe en los morrales.


La ternura, por ejemplo. Casi todos los cuentos sobre haitianos que nos hizo mi madre, tenían eso en común con aquel canto “Dodo tit piti Manman”. Los mismos que de niña le cantaron canciones de cuna en creóle, de joven la protegieron de los fríos de la montaña o las crecidas del rio, y cuando ya tenía nietos, todavía un viejo habitante del batey viajaba kilómetros hasta la ciudad para visitarla como un pariente entrañable.

Esas historias nos enseñaron antes que los libros. Los haitianos, mano de obra barata de las labores más duras en los campos cubanos, fueron la más vívida escuela de la injusticia para quienes les vieron trabajar y sufrir sin más recompensa que la sobrevivencia.

Puede decirse incluso, que el sufrimiento de ellos, alentó algunos de los más profundos cambios en Cuba. “Al batey de Birán y sus gentes, que inspiraron el ansia de una Revolución”, dice en la dedicatoria el libro biográfico sobre Fidel que escribió Katiuska Blanco, “Todo el tiempo de los cedros”.

No es casual, ni fortuito que entre las primeras leyes de beneficio a los trabajadores, dictadas por la Revolución, estuviera el reconocimiento a los años de trabajo y el derecho a la jubilación de miles de emigrantes haitianos.

Si hoy ganan titulares de prensa numerosos apellidos de sonoridad francesa y raíz haitiana -sean deportistas, artistas o académicos prominentes- salidos de los parajes más remotos de la geografía de nuestra Isla, todo se debe a una política que comenzó por incluir, contar, reconocer, integrar, a la población haitiana de Cuba a una sociedad a la que hasta entonces habían aportado todo sin compensación alguna.

Ellos y los cientos de jóvenes haitianos, graduados o por graduarse de Medicina en la filial de la ELAM en Santiago de Cuba, que ahora mismo están dispuestos a salvar vidas en su país, derrumban todos los mitos sobre maldiciones y predisposición de ese pueblo al subdesarrollo y al sufrimiento.

La verdadera maldición es no tener oportunidades. O que quienes dicen venir en tu auxilio, se apertrechen como quienes van a la guerra y pongan por delante los dineros que habrán de gastarse en ellos mismos, como el portaviones norteamericano que ya consume dos millones de dólares por día y todavía no ha llegado a las costas de Haití.

Recordando a mi madre, a la que acunaron y protegieron haitianos pobres entre los pobres, hago mío el dolor del canto que entonan, mientras alzan sus manos al cielo, los desamparados sobrevivientes del terremoto, que esperan que los salven, no que los encañonen.

En eso pienso cuando descubro un rostro conocido entre las doctoras cubanas que se inclinan sobre las víctimas en un reportaje de la televisión. Ella pone su estetóscopo en el pecho inflamado de un pequeño mientras con la otra mano lo acaricia con infinita ternura. Llamo a su casa para avisar y el que responde es su hijo. “Mi mamá está en Haití”, dice con la mayor naturalidad del mundo.

Haití: es necesario torcer la mala suerte

Por Marcos Roitman Rosenmann
Diario La Jornada, México.


Tras la dictadura de los Duvalier (1957-1986), Haití, el país mas empobrecido de América Latina, daba un giro de 180 grados a su historia reciente. La lucha por la democracia impedía perpetuarse en el poder a la saga familiar. El hijo pródigo de Papa Doc, François Duvalier, Jean Claude, apodado Baby Doc, veía frustrada su intención de ser presidente vitalicio. Dos años después de coronarse debía abandonar Haití rumbo a Francia en 1987.

Las luchas democráticas lograban un éxito sin precedentes. Los años de ocupación norteamericana (1915-1934) dejaron un triste legado. La Guardia de Haití, y un cuerpo de élite, los tonton macoutes. Era el tiempo de enfrentarse a ellos. El regreso de exiliados, trabajadores cualificados, profesionales e intelectuales, transformaba la cara de un país asolado por el hambre, el terror y la miseria. El miedo a los tonton macoutes se perdía lentamente. Afloraba la ilusión, había que torcer la suerte. Tras un intento de restauración totalitaria, que da la victoria a Leslie Manigat en 1988, las fuerzas democráticas conseguirán un triunfo histórico dos años mas tarde. El 16 de diciembre de 1990, ganará las presidenciales el padre Jean Bertrand Aristide, sacerdote con un carisma sin parangón, militante de la Teología de la Liberación. Su triunfo era un proyecto de dignidad democrática. El pueblo haitiano nunca ha sido invitado a sentarse en la mesa, ha permanecido años debajo de ella, es necesario que se levante, se siente y participe. “Solos somos débiles, juntos somos fuertes, muy juntos somos una avalancha” sentenciaría.

Poco duraría su deseo. A menos de un año, sufrirá un golpe de Estado. La instauración de un gobierno civil de facto deja en el poder al hombre fuerte de los militares, el general Raoul Cedras. El retorno de Aristide deberá esperar. Los acuerdos firmados en julio de 1993, durante la administración Clinton, levantaron expectativas, pero fueron la sentencia de muerte de la experiencia democratizadora. Sus puntos quedaron en papel mojado. Poco se hizo para cumplirlos. Entre ellos destacaban: a) el nombramiento de un nuevo primer ministro; b) la amnistía política; c) la separación entre el ejército y la policía, y d) la llegada Haití de una misión civil de la ONU para cooperar en la profesionalización del ejército. Amén de la dimisión de Cedras y la entrega del poder al presidente Aristide el 30 de octubre de 1993.

Un proceso de militarización y recomposición de los tonton macoutes inaugura un periodo de represión. El asesinato de Antoine Izmery, empresario amigo de Aristide, y Guy Malary, ministro de Justicia del gobierno constitucional, el 11 de septiembre de 1993, dan al traste con las opciones de recomponer el proyecto democrático. Al unísono, emerge un informe médico apoyando la tesis de una enfermedad mental que aqueja al presidente Aristide. Las agencias de prensa, las televisoras y los medios de comunicación se harán eco del mismo. Será el pretexto para incumplir los tratados. El terror se impondría bajo una nueva organización paramilitar, el Front pour l’Avance et le Progres d’Haiti (FRAPH).

Desde ese año nunca dejarán de estar presentes los cascos azules. Bajo un pretendido control y como parte de una misión democratizadora, se mantienen hasta estos días. En 2004 se da otra vuelta de tuerca. Se aprueba el ingreso de más de 7 mil cascos azules y 2 mil policías. Se trataba de “estabilizar el país”. La soberanía está secuestrada. Baste señalar que el jefe de la policía, Mamadou Moutanga, es de nacionalidad guineana.

Hoy, el terremoto destapa los límites del capitalismo global, donde los únicos beneficiarios son las empresas trasnacionales y de maquila. Mismas que se llenarán los bolsillos en los proyectos de reconstrucción. Mientras tanto, las cifras son obscenas. El 20 por ciento más rico concentra casi 50 por ciento de las riquezas y el 10 por ciento más pobre sólo accede al 0,7 por ciento de las mismas. Asimismo, 40 por ciento del producto interno bruto proviene de las remesas de los inmigrantes y 47 por ciento de la población adulta es analfabeta.

El terremoto, es un duro golpe de la naturaleza que se une a las adversidades políticas de un pueblo que no ha dejado de luchar por la democracia. Sin embargo, hay que perseverar. Haití se merece un futuro mejor. Mas temprano que tarde esa avalancha democrática que fue Lavalas no será una utopía. Pero ahora toca arrimar el hombro y cooperar. Es obligatorio torcer la suerte de una nación que se merece un futuro mejor y que su pueblo lo busca con ahínco.

Anatomía de una maldición

Por Aurelio Alonso
Cubadebate.cu


Acabo de leer en un despacho de AP que el televangelista norteamericano Pat Robertson sentenció que sobre Haití pesa una maldición ocasionada por «un pacto con el demonio», supuestamente sellado en «ritos del vudú» que habrían precedido a los alzamientos de esclavos con los cuales se inició la revolución de 1791 en la colonia francesa de Saint Domingue. La revolución que conduciría a la primera independencia de nuestra América, consumada el 1º. de enero de 1804, tras una cruenta contienda contra los ejércitos napoleónicos, contabilizada por la historia como una de las más estruendosas derrotas de Bonaparte. Si alguna influencia tuvieron los loas del vudú no fue exactamente negativa.


Pero la maldición no vino del cielo cristiano, vino de Europa y de los vecinos del Norte: del Occidente, al que no debiéramos sentir tanto orgullo en pertenecer. Era el Occidente que no podía tolerar en sus dominios una república nacida de una revolución de negros esclavos y de mulatos. Es curioso que la intolerancia procediera principalmente de la antigua metrópoli: la Francia salida de la primera gran revolución social, que le cerró los indispensables asideros económicos, forzando además a la nación haitiana a pagar una indemnización arbitrariamente impuesta, la cual costó más de medio siglo cancelar.

Por otra parte, actuando a modo de tenaza, la joven nación de América del Norte, nacida de la independencia de las trece colonias británicas, se asociaba a Francia en el bloqueo de su excolonia. El novedoso experimento político, admirado por tantos europeos liberales de la época, iba a mantener el régimen de trabajo esclavo en el centro de su economía durante medio siglo más; Haití no cuadraba en su entorno cercano. Es decir, que los dos países más representativos de la avanzada de la modernidad no vacilaron en estrangular las rutas de asentamiento a la primera república que se emancipaba en la América realmente colonial.

Muchos años después, a principios del siglo XX, en el contexto ya de su expansión de poder en la región, los Estados Unidos completaron la tarea pendiente en Haití con una ocupación militar que duró cerca de veinte años (1915-1934), dejando el país materialmente desolado y en manos de una dictadura sui generis: la dinastía de los Duvalier. Paradojas de la historia: la dominación colonial francesa había llevado a Saint Domingue a la opulencia, en tanto la neocolonial norteamericana sirvió para perpetuar la pobreza extrema.

Me inclino a pensar que el pacto con el diablo existe, pero que no lleva la firma de Mackandal sino de quienes desde el comienzo del siglo XIX han ocupado la Casa Blanca y el palacio del Elíseo. Y de banqueros y empresarios ricos y blancos de los dos lados del Atlántico.

Las masas haitianas, empobrecidas a extremos que rebasan cualquier explicación histórica racional, se lograron sacudir la dictadura duvalierista en 1986, para caer de nuevo en un torbellino de inestabilidad muy difícil de afrontar. Sujeto siempre al lastre de «lo arcaico», denominador que engloba, en la comprensión de la realidad haitiana, a los factores económicos, políticos y culturales que comprimen las posibilidades de hacer viable un proyecto social que responda a las potencialidades y los intereses de la nación.

Un Haití superpoblado, de tierras agotadas y campos deforestados, con el setenta y ocho por ciento de su población bajo la línea de pobreza, un producto per cápita que no llega a 400 dls. anuales, clasificado en la posición 146 según el índice de desarrollo humano calculado por las Naciones Unidas, es el país maldito cuya capital ha sido castigada con el brutal terremoto del 12 de enero de 2010.

El conteo de las víctimas mortales del terremoto va a ser muy alto, tal vez imposible de fijar con exactitud. El de las víctimas que lo han sobrevivido va a ser mucho mayor. Pero el de las víctimas de dos siglos de opresión imperial es descomunal. El panorama de Puerto Príncipe arrasada por el sismo es siniestro. Pero no hay que olvidar que el panorama antes del sismo también lo era. Solamente con menos demoliciones y sangre en la calle. Eso es precisamente lo que hace mayor la desolación del pueblo haitiano ante esta desgracia.

La tragedia provocada por el huracán Katrina en Nueva Orleáns en 2006 mostró los niveles de desamparo que podía sufrir la población humilde en una ciudad del país más opulento y poderoso de la Tierra. Los sobrevivientes del Katrina han debido purgar también su maldición. Si nos guiamos por ese antecedente, ¿qué pueden esperar las víctimas haitianas de esta catástrofe natural?

Ahora habrá que concentrarse en salvar vidas de todos los impactados por los escombros. ¿Dónde escombrear en una ciudad que ya estaba en ruinas antes del desastre? Se hace urgente garantizar la alimentación de las victimas ahora impedidas. ¿Y la del resto de la población sumida en la miseria, que también carece de medios? Se necesita reponer progresivamente la perdida de techo a los que han quedado sin abrigo. ¿Y el techo de los cientos de miles que duermen en las calles habitualmente? ¿Cuáles van a ser las prioridades constructivas? ¿Reconstruir el palacio presidencial — el edificio más bello y emblemático de la capital haitiana — o levantar espacios de alojamiento para la población? Si fuese la Casa Blanca la arrasada no creo que sus inquilinos hubieran quedados tan desprovistos como las víctimas del huracán Katrina.

¿De donde van a salir los recursos para hacer frente a la restauración de Puerto Principe? Sabemos que seguramente de la solidaridad de gobiernos y pueblos hermanos, instituciones de la sociedad civil, seguramente. ¿Y el mundo del capital transnacional qué va a poner? ¿Cuánto van a aportar Carlos Slim, William Gates, Warren Buffet, Georges Soros, Álvaro Novoa, Lawrence Elliot y otros acaudalados personajes? Habría que dirigirse a los que se han beneficiado de las formidables inyecciones de dinero que Wall Street y la City recibieron para afrontar la crisis financiera. No basta con el esfuerzo de Caritas Internacional, de otras instituciones benéficas y de los países amigos latinoamericanos, periféricos todos, para ayudar al pueblo haitiano a afrontar una catástrofe de tales magnitudes.

Y a la Oficia Oval, donde ahora se sienta un afroamericano — como gustan decir para creer que la discriminación ha sido superada — quien podría compensar toda la discriminación que el Estado de la Unión impuso a la primera república latina en independizarse en América, por el sólo hecho de haber sido forjada por esclavos negros y mulatos que decidieron no seguir oprimidos por los colonos franceses.

¿Será posible conseguir lo necesario tocando a esas puertas?

La calamidad en blanco y negro

Por Allan McDonald
Rebelión

A la isla llegó el olvido antes que la muerte, pero claro, la muerte fue puntual y con su puño de Dios en nombre de la naturaleza arrasó los escombros de miseria y no quedó piedra sobre piedra de lo que fue Haití, el primer país libre del hemisferio y el que abolió la esclavitud además de ser la base desde donde nuestros próceres se protegieron y luego lucharon contra la élite de los illuminatis comandados por ingleses, portugueses, franceses y españoles.

Hoy es el pueblo más empobrecido del hemisferio, un pueblo clavado en el centro del mar, envuelto en las olas inmisericordes de la angustia y el dolor de la espantosa miseria, un pueblo sin petróleo y por supuesto sin los ojos de Estados Unidos que huele el subsuelo para agenciarse de lo que Haití produzca:

Pero Haití lo único que produce es una lástima que corre el sentimiento de culpa, cuando vemos por los pantallas espectaculares de CNN, y su afán de sangre de última hora.

Desde el regreso a la supuesta democracia a Haití, desde que las armas se hundieron en lodo americano de la represión y abarcaron la vida de refugiados permanentes en las calles de Puerto Príncipe, Haití es un país vagabundo, anda de esquina en esquina buscando un pedazo de pan y democracia, en medio de los perros de caza de unas fuerzas paramilitares de derecha que siguen armadas. Una economía paralizada por los milicos que hace temblar aun más las pocas inversiones locales, dejando así un paisaje desolador de desempleo, y una crisis cruel de altos precios en la economía familiar.

Un Estado corrupto y podrido, los conflictos dentro de los pasillos dorados del gobierno de Estados Unidos en cuanto a los asuntos haitianos detienen la asistencia prometida. Y se constata un aparente desinterés de muchos donantes internacionales en dar prioridad a los gritos de los haitianos.

Desde el fin de los gorilas monarcas de los Duvalier *en 1986 se fueron agudizando mas los problemas que trajo la democracia mercantil importada de Occidente, más los poderes locales en Haití; una pandilla de forajidos compuesta por grandes terratenientes, funcionarios gubernamentales y el aparato de seguridad que los protege (soldados, han utilizado las armas y el control del sistema estatal para apoderarse de las tierras de los campesinos). Durante los 30 años de la dictadura de los Duvalier, a medida que se iba concentrando la tenencia de las tierras en manos de unos pocos, se iba incrementando el número de campesinos expulsados de sus propias tierras, forzados a endeudarse y a trabajar la tierra de otros o a incrementar las filas de los que en Puerto Príncipe buscan un trabajo por 1 dólar al día en alguna maquiladora multinacional.

La crisis ambiental que sufre Haití aumenta la presión por la tierra. Solamente entre el 1 3% de las tierras de Haití gozan de cobertura forestal. La erosión del suelo reduce cada vez más la producción de alimentos para una población en rápido crecimiento.

A principios del siglo XIX uno de los primeros actos de Toussaint Louverture, en la recientemente independizada Haití, fue nacionalizar toda la tierra productiva del país. Después de su arresto y extradición a Francia, Jean Jacques Dessalines ordenó un programa minucioso de redistribución de la tierra. Dos de los más famosos líderes campesinos, Goman y Accau, organizaron movimientos campesinos exigiendo una reforma agraria. El movimiento de los Cacos, de 1915 a 1919, estaba compuesto por campesinos desposeídos, muchos de los cuales habían sido despojados de sus tierras por los marines de Estados Unidos.

Después de la expulsión de Jean Claude Duvalier en 1986, una de las principales reivindicaciones del movimiento popular democrático fue la recuperación de las tierras expropiadas y la reforma del sistema de tenencia de la tierra.

El movimiento por la reforma agraria en Haití ha sido sistemática y violentamente aplastado. Uno de los más violentos ejemplos luego de la partida de Duvalier se dio en Jean Rabel en julio de 1987: un grupo de tonton macoutes respaldado por terratenientes locales masacró a 300 personas, miembros de una asociación campesina que pedía la devolución de las tierras que les habían sido robadas.

Un pasado bañado en sangre y olvido, dolor y hambre, ha tenido esta isla, lo que vino hacer la naturaleza endiabla y sin piedad fue a desnudar nuestras miserias de seres humanos, que hemos vivido hartándonos banquetes burgueses y poniéndonos nostálgicos frente al Internet, como si la pobreza solo existiera en el Google, esa es nuestra miseria, y más grande la miseria moral de Estados Unidos que sólo se refugia en los brazos del oro robado de las arcas del petróleo.

Hoy Haití es un ala tirada al mar, rota y abandonada, mientras llegan los marines a terminar con los últimos escombros que quedan.

El drama hizo visible la desigualdad en Haití

Por Alejandro López Accotto
Diario Página/12, Argentina.

Hace tres años y medio que viajo casi todos los meses a Haití como parte de una misión de cooperación del Ministerio de Economía. Durante ese tiempo trabajé con funcionarios haitianos –entre ellos el actual primer ministro Jean Max Bellrive– en un clima de respeto y esfuerzo que contrasta con la estigmatización de algunos analistas del Primer Mundo que dicen que es el Estado más corrupto del planeta. También aprendí a apreciar a un pueblo negro tan sufrido como orgulloso, que en 1804 logró poner fin a la esclavitud para convertirse en la primera nación independiente de América latina, aunque desde entonces no han podido encontrar un rumbo que garantizara condiciones de vida dignas.

Haití es uno de los países más desiguales del mundo, el 70 por ciento de su población es pobre y apenas un 15 por ciento de la oferta educativa es pública. Son 9 millones de personas, de las cuales 3 millones se concentran en Puerto Príncipe, una ciudad con infraestructura sólo para 500 mil habitantes. El hacinamiento y la pobreza los llevan a pasar gran parte de su vida en la calle. Allí no sólo se ve la pobreza sino las pinturas y esculturas que se ofrecen por toda la ciudad y que muestran la creatividad de sus innumerables artistas. Haití es un país de contrastes extremos.

Ahora las imágenes del terremoto resultan desgarradoras. Dicen que la naturaleza es sabia pero aquí todo indica que se equivocó. Volvió a ensañarse con quienes viven en extrema fragilidad.

Aunque no es la naturaleza la única responsable. Ojalá que la reconstrucción de Haití implique también un cambio en la dinámica social del país. Ahora que el drama permanente de los haitianos se ha hecho visible por la catástrofe coyuntural, tal vez el mundo entienda que con estos niveles de desigualdad existentes la civilización es una palabra hueca.

Países como Argentina, que comparten con Haití el drama de la desigualdad –aunque a niveles no tan extremos– pueden, sin duda, hacer un aporte sustantivo, en términos de asistencia técnica. En este contexto, es importante reivindicar el trabajo de cooperación de la Argentina y, en especial, del programa Pro Huerta, que muestra todo lo que se puede hacer con poco dinero si se trabaja con los haitianos como pares y compañeros y no como simples “receptores de ayuda”. Ojalá que en el futuro no nos olvidemos de Haití, por los haitianos y por nosotros.

La doble maldición de Haití

Por Maurice Lemoine
Le Monde diplomatique. Traducido para Rebelión por Caty R.

«A la muerte le gustan los pobres», decía Le Monde diplomatique en febrero de 2005 tras el tsunami que acababa de golpear a Indonesia, las costas de Sri Lanka, el sur de la India y Tailandia. Es muy pronto para hacer balance del terremoto de 7 grados en la escala Ritcher que ha arrasado el país más pobre de América Latina, Haití, el 12 de enero. Pero se puede temer lo peor. Ahora se trata, urgentemente, de buscar y rescatar a las víctimas, llevar asistencia sanitaria a los supervivientes, habilitar refugios, proporcionar alimentos y agua y evitar las epidemias. La solidaridad internacional y la ayuda humanitaria de todos, de la ONU a Estados Unidos pasando por la Unión Europea -especialmente Francia, que no puede desentenderse de su deuda histórica con la isla- o América Latina, se moviliza según (o no) sus posibilidades.

Otra vez el seísmo golpea una región del globo poco respetada por los fenómenos naturales. En 2008, Haití ya sufrió el infierno de cuatro huracanes tropicales –Ike, Anna, Gustav y Fay-. No se pueden comparar con este terremoto, obviamente tan imprevisible como imprevisto, difícil de anticipar. Sin embargo, surge la primera pregunta: ¿Por qué durante esos huracanes, que las arrasan de la misma forma (con consecuencias económicas desastrosas), en Haití hubo que lamentar setecientas noventa y tres muertes y «sólo» cuatro en Cuba? Como un efecto de lupa, las catástrofes ponen de manifiesto el estado «real» de las sociedades.

Una vez pasado el choque inicial y la conmoción, los gobiernos, ONG, instituciones internacionales y medios de comunicación se dedicarán, todos a una, al tema de la «reconstrucción». Si es que se puede emplear el término «reconstruir» en un país que carece de todo.

Pero, ¿de qué reconstrucción hablarán? Después del huracán Micht, que en octubre y noviembre de 1998 se cobró casi diez mil vidas y cientos de miles de damnificados en América central, los movimientos sociales avanzaron la idea de vincularla a un nuevo tipo de desarrollo destinado a reducir la vulnerabilidad social. El tiempo se ha encargado de demostrar que desde entonces no se ha hecho nada en ese sentido. El único intento, emprendido mucho después por el presidente hondureño Manuel Zelaya, acabó por el golpe de Estado del 28 de junio de 2009…

A una clase política haitiana amenazada por el espectro de la autodestrucción, y que no está exenta de responsabilidad en el estado calamitoso del país, ¿quién le va a leer la cartilla? ¿Las instituciones financieras internacionales que han demorado el proceso de anulación de la deuda a pesar de los problemas a los que ya se enfrenta la población? ¿Washington, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Interamericano de Desarrollo, etcétera? ¿Los países denominados «amigos» que cínicamente han empujado al descenso a los infiernos a la sociedad haitiana?


Desde 1984, el FMI obligó a Puerto Príncipe a liberalizar su mercado. Los escasos y últimos servicios públicos se privatizaron negando el acceso a ellos a los más necesitados. En 1970, Haití producía el 90% de los alimentos que consumía, actualmente importa el 55%. El arroz estadounidense subvencionado ha matado la producción local. En agosto y septiembre de 2008, el estallido de los precios alimentarios mundiales hizo que aumentaran su precio el 50%, lo que dio origen a los «motines del hambre».


Un cataclismo natural se puede imputar a la fatalidad. El vergonzoso e insoportable empobrecimiento de las poblaciones urbanas y rurales de Haití, es responsabilidad del imperio.

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