Terremoto en Chile


de Raúl Wiener de Raúl Wiener

La cifra económica del desastre chileno ya se encuentra sobre un 15% del PBI (30 mil millones de dólares) y sigue subiendo junto con el recuento de cada vez mayor número de cadáveres. Pero cuando se ofrece este dato que normalmente plantearía gravísimas interrogantes para el futuro de cualquier país, se agrega inevitablemente una apostilla: “sin embargo, expertos coinciden en que la nación está preparada para enfrentar la contingencia”.

Para hacer esta precisión se remarcan las siguientes premisas: (a) la minería del cobre no ha sido afectada y las exportaciones seguirán sobre niveles normales; (b) la posición fiscal del Estado es la mejor del subcontinente (tiene la más alta recaudación), por lo que podrá pagar los costos de reconstrucción de la infraestructura pública dañada; (c) el mercado de capitales chileno es muy activo y seguramente podrá invertir fuerte en un nuevo plan de viviendas.

Casi como decir que el sistema se reconstruye solo, que es además lo que varios gobiernos han venido diciendo de la crisis internacional. El fortalecimiento neoliberal de algunas de las economías del sur de América nos habría entonado de tal forma que hasta podemos darnos el lujo de un terremoto 8.8 y no tener que producir un reajuste en los roles del Estado y los actores sociales.

La presidenta y sus ministros, acompañados por el presidente electo que es el otro foco de atención de la prensa, han traducido esta misma mirada de su país en reiteradas declaraciones sobre lo innecesario de la ayuda internacional, la capacidad del Estado para proveer lo que se requiere en la emergencia y la supuesta seguridad que el plan ofrecido por Piñera no se alterará por el sismo.

Nítidamente se aprecia el contraste con la forma como los chilenos de a pie viven el momento. Las imágenes de los saqueos no son las de los pobres-pobres que nunca tuvieron nada, sino de gente de clase media y trabajadores que de pronto se han quedado sin casa, sin dinero y alimentos y que no confía demasiado en ese Estado que se juzga todo poderoso. Algo como le ocurrió a la Argentina del 2001, cuando la crisis económica proletarizó violentamente a la clase media europeizada.

Tal vez sea muy corto el tiempo para estimar si el dique social que se quebró con el remezón de la tierra se cierra con la combinación de represión a los revoltosos y ayuda directa a los damnificados. Lo que sí ha salido a relucir es que en el esquema de la reconstrucción lo que no está es el Chile real de millones de seres humanos que se han percibido enormemente vulnerables en el individualismo exacerbado que se les alentó durante 27 años.

Frente a esa ansiedad social que se vislumbraba en diversos momentos de conflicto, el poder político se ha ejercido con mano de hierro, como para que todos sepan que la eficiencia del sistema depende del más estricto control de las masas, herencia pinochetista que la Concertación ha mantenido escrupulosamente. Ahora que vuelve la derecha, sobre un Chile destruido y unas elites que apuntan a la reconstrucción por el mercado, ¿qué irá a pasar?

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