Israel-Palestina, ¿la última oportunidad?


La situación en Israel y los Territorios ocupados de Palestina se ha agravado en los últimos días, precisamente cuando el gobierno de Estados Unidos planteó auspiciar conversaciones indirectas entre el gobierno de Benjamin Netanyahu y la Autoridad Nacional Palestina.

Por Mariano Aguirre

Radio Nederland, 17/03/10.- El gobierno de Netanyahu anunció la semana pasada la construcción de 160 viviendas en Ramat Shlomo (Jerusalén Este) el mismo día que el vicepresidente de Estados Unidos, Joseph Biden, llegó al país con un mensaje de paz y apoyo a Israel. El anuncio fue interpretado como una provocación a Biden y provocó un serio incidente diplomático. Esto ha dado pie a Estados Unidos para plantear no solamente que Israel congele los asentamientos ilegales en Cisjordania sino también en Jerusalén Este.

El Muro.

La secretaria de Estado Hillary Clinton, que hace pocos meses elogió un tímido paso de Netanyahu para retrasar la construcción de algunos asentamientos en los Territorios Ocupados, ha manifestado esta vez al Primer Ministro su seria disconformidad con el anuncio de las nuevas construcciones y con la decisión de haber declarado sagrados para los judíos una serie de sitios que son venerados también por los árabes.

Diez días de conversaciones con personas representativas de diferentes sectores en Israel y los Territorios Ocupados Palestinos revelan que la paz en Oriente Medio, la credibilidad del gobierno de Barak Obama y la posibilidad que la Unión Europea muestre que puede ser más que un gran financiador humanitario están en juego. Más aún, si en los próximos 18 meses no se alcanza un acuerdo claro sobre la posibilidad de establecer un Estado palestino junto al de Israel, y si los colonos continúan tomando Jerusalén Este, hay serias posibilidades que las situaciones desde Líbano hasta Afganistán se agraven.

Varias décadas de resoluciones de la ONU y negociaciones, incluyendo la partición que propuso el Mandato Británico, las posguerras de 1948 y 1967, y los denominados Parámetros o plan del ex presidente Clinton, han definido el marco y los detalles para que coexistan en este territorio los estados de Israel y Palestina.

La cúpula de la Mezquita Al-Aqsa.

Todos saben por dónde debería trazarse la frontera, qué tierras habría que intercambiar, cuáles asentamientos judíos habría que abandonar y qué reaseguros deberían darse los gobiernos palestino e Israelí. También, cuándo deberían los países árabes reconocer al Estado de Israel. Inclusive se ha discutido si una fuerza internacional podría proveer seguridad en una fase de transición, y qué papel diplomático debería desempeñar la Liga Árabe, a través del Plan Saudí, sumado a las diplomacias políticas, militares y financieras de Estados Unidos y la EU.

Este marco de referencia es conocido, pero la realidad de cada día para los palestinos que sufren la ocupación y para los israelíes que viven en Tel Aviv y otras ciudades es totalmente diferente.

Para los palestinos se trata de un escenario diario fragmentada y alterado dentro de los Territorios Ocupados mientras contemplan y se ven amenazados por las políticas de conquista de territorio en Cisjordania y en Jerusalén Este que lleva adelante Israel.

Jerusalén.

Para muchos israelíes esa tierra en conflicto es algo lejano, pese a la cercanía ya que es posible llegar en menos de una hora de Tel Aviv a Jerusalén Este o la ciudad palestina de Ramallah. Algo que tiene que ver con el terrorismo y con una gente en la que no se puede confiar y que no entienden que esa es la tierra prometida de los judíos.

También parecen estar en otro mundo alejado de las posibles negociaciones el millón de personas que viven en Gaza encerradas bajo el doble control, interno de Hamas y externo de Israel.

***

En Israel un gobierno de coalición de derecha y ultraderecha no tiene ninguna voluntad negociadora pese a la presión que en 2009 ejerció Estados Unidos. El primer ministro Benjamin Netanyahu está atrapado en su propia retórica de fuerza. Si acepta negociar algo con la Autoridad Palestina corre el serio riesgo que su coalición lo derroque. Si cambia de aliados e incorpora la derecha moderada del partido Kalima quizá no sobreviva políticamente a la negociación.

La fragmentación política de Israel tanto en la derecha como en la izquierda, entre religiosos, seculares, fanáticos sionistas y ortodoxos va acompañada de una radicalización conservadora. Diversos analistas israelíes coinciden: el espectro político se ha estrechado en la última década desde el centro hacia la derecha. Menos líderes de opinión, políticos y ciudadanos en general están dispuestos a negociar con los palestinos, en quienes no tienen confianza o porque consideran que la división entre Fatah y Hamas no permite tener un interlocutor válido.

Una abrumadora mayoría está de acuerdo con el muro que atraviesa Cisjordania (también llamado internacionalmente el West Bank). Los atentados suicidas de los años 90, el clima antiterrorista posterior a septiembre de 2001, la propaganda que vincula a Hamas con el peligro nuclear iraní, el racismo, el fundamentalismo religioso y la preservación de las tierras y propiedades usurpadas a los palestinos desde 1948 son algunas de las razones que explicarían este movimiento hacia la derecha. La periodista israelí Amira Haas, del diario Haarets nos dice: “la sociedad israelí se ha vuelto más racista y quiere preservar sus privilegios”.

Además, la política de Barak Obama en parte de 2009 y recientemente presionando a Israel ha profundizado el nacionalismo israelí (tanto secular como religioso) ya que ha confirmado que el país no tiene amigos fuera, ni siquiera el más fuerte y tradicional.

Hay, sin embargo, organizaciones israelíes contra la ocupación, manifestantes que desaprueban la ocupación casa a casa que están haciendo los colonos con protección de la policía israelí en barrios de Jerusalén como Sheik Jarrah, periodistas que denuncian el muro que a lo largo de 703 km está partiendo en dos la vida económica y social de los palestinos y los centenares de check-points o fronteras internas que fragmentan y dificultan la movilidad de los habitantes de Cisjordania.

Desde abogados hasta arquitectos israelíes y organizaciones de derechos humanos, combaten contra la poderosa maquinaria administrativa ejercida cada día por burócratas del Estados, parlamentarios, militares y organizaciones civiles y religiosas en una constante construcción coercitiva del Estado.

Una de las cuestiones más notables al visitar Israel y Palestina es comprobar que para una mayoría de israelíes el Estado todavía no está totalmente construido. Diversos sectores están en la vanguardia de esta conquista de territorio, de ocupación de casas que han pertenecido a diversas generaciones de familias árabes, de apropiación de fuentes acuíferas.

En los mapas parece que Israel es un Estado con fronteras fijas y que Cisjordania y Gaza son territorios en disputa. La realidad en el terreno es que el paisaje va cambiando cada día en un doble proceso de construcción de un estado y desconstrucción de las bases de otro. La vanguardia la tienen los grupos de colonos fanáticos religiosos, que luchan palmo a palmo por conquistar los espacios religiosos musulmanes, por ejemplo en Hebrón. También los inmigrantes rusos, de Estados Unidos y de otros países que viven en asentamientos que, en realidad, son ciudades, como Ma´ale Adummim, con todos los servicios, y los millonarios judíos estadounidenses que compran tradicionales edificios palestinos para donarlos a los colonos.

Pero la conquista y ocupación se hace también con métodos perversos y aparentemente no violentos. Por ejemplo, el ayuntamiento de Jerusalén cobra los mismos impuestos a la parte occidental judía que a la árabe oriental, pero el servicio de basura pasa raramente a recoger por la zona palestina. Mientras Jerusalén se hunde, los colonos van ocupando por las noches casas árabes con dudosos títulos de propiedad en la mano. “Siento tristeza de ir a Jerusalén Este, dice Lily Feidy, de la Iniciativa Palestina para la Promoción del Diálogo Global y la Democracia, “se ha vuelto un lugar triste y sucio”.

Durante décadas el Estado judío ha acumulado una abrumadora cantidad de leyes, decretos, ordenanzas y regulaciones que clasifican, ordenan, reordenan y fragmentan a los palestinos. Unos no pueden salir de su ciudad, otros no pueden ir a Jerusalén. Algunos son árabes israelíes, otros son nada pero se transforman en ciudadanos jordanos cuando tienen que viajar, si se les permite viajar. Ninguno puede ir a Gaza y nadie puede salir de esa prisión. Los coches, igual que las personas, están clasificados y según el color de la matrícula pueden moverse entre unas u otras ciudades, o no salir de la que pertenecen.

Desde la primera expulsión de 750.000 palestinos en la guerra y declaración del Estado de Israel en 1948 hasta ahora hay más de 4.300.000 desplazados producto de la guerra de 1967 y el crecimiento de la población refugiada. Muchos viven en campos de refugiados que se han convertido, también, en ciudades precarias en Gaza, dentro de Cisjordania, Líbano y Siria. Los que han permanecido en Cisjordania, Gaza o Israel habitan a escasos kilómetros de las tierras y casas que les pertenecían. Otros las van perdiendo a medida que la colonización avanza. La vida en Líbano o Jordania tampoco es sencilla, donde son tratados como ciudadanos de segunda categoría. Naciones Unidas se ocupa desde hace 60 años de darles los servicios básicos.

El muro y los check point controlados por soldados y fuerzas privadas de seguridad son la realidad más visible para los palestinos. El tiempo de sus vidas está controlado por el Estado de Israel: ahora se puede cruzar de Jerusalén a Ramallah o Hebrón, pero dentro de tres horas ya no es posible. Citas médicas, relaciones familiares, transacciones económicas, presentarse a exámenes son cuestiones sobre las que los palestinos no tienen control. La demanda de que un futuro estado palestino tenga continuidad se fundamenta, precisamente, en la imposibilidad de tener una vida normal en un territorio fragmentado como manchas de tigre, y sembrado de controles militares.

Las autoridades y la mayor parte de la sociedad israelí argumentan que el muro ha servido para controlar y disminuir el número de atentados terroristas. Es un hecho. Sin embargo, el Tribunal de La Haya y muchos analistas consideran que es un instrumento ilegal que el gobierno de Ariel Sharon ordenó empezar a construir para marcar la línea entre lo que será Israel y los trozos que le quedan a los palestinos. Por otro lado, dentro de las organizaciones como Hamas y grupos radicales de Fatah ha habido una reflexión sobre el efecto negativo que ha traído la violencia, especialmente los atentados suicidas. Eso ha llevado también a una disminución de los atentados.

Esta ocupación a través de la fragmentación es la que hace que la solución de los dos Estados se esté convirtiendo en algo imposible. Muchos expertos y cada vez más palestinos ven muy difícil los dos Estados porque, precisamente, los hechos en el terreno lo impiden.

Esa realidad es la que cada vez se parece más a una réplica del racista sistema de Apartheid que acabó en Sudáfrica hace dos décadas. El gobierno de Israel y sus amigos rechazan totalmente la comparación por temor a la deslegitimación que puede sufrir, pero la clasificación de los ciudadanos en diferentes categorías, el racismo, la desposesión de propiedades y derechos, la condena a vivir en zonas cerradas con pésimos servicios, las limitaciones para viajar al extranjero y el control represivo sobre los palestinos son más que unas pocas semejanzas.

A contra corriente de todo, en Cisjordania el primer ministro de la Autoridad Nacional Palestina, Salam Fayyad y su equipo, tratan de cambiar esta realidad promoviendo el desarrollo institucional y económico de Ramallah, Belén, Hebrón y otras ciudades y zonas rurales.

Fayyad se ha comprometido con sus principales donantes –la UE y Estados Unidos— a construir en dos años las bases del Estado sobre los pilares corruptos que había edificado Fatah y la Autoridad Palestina desde los Acuerdos de Oslo. También se ha comprometido a garantizar la seguridad de Israel con una fuerza policial formada y asesorada por un general de Estados Unidos y la CIA.

La idea de Fayyad y crecientemente de algunos gobiernos europeos y expertos en Estados Unidos es que si en los próximos 18 a 24 meses no se avanza en negociaciones concretas que conduzcan a la declaración y reconocimiento de un Estado palestino viable, que tenga continuidad geográfica y a Jerusalén Oriental como su capital, entonces habría que presentar el caso al Consejo de Seguridad de la ONU y que éste decida qué hacer. Se trataría de llevar a la ONU un plan concreto que evitase largas negociaciones. La cuestión es si Estados Unidos y la Unión Europea darán ese paso.

En círculos de la UE se afirma que Europa puede generar el clima, y apoyar la institucionalización, pero el Estado lo tienen que crear los palestinos. En Palestina esperan que Europa haga el esfuerzo de presionar a Israel y ofrecerle a Estados Unidos una repartición de papeles en esta difícil diplomacia. Las divisiones internas en la UE no facilitan llegar a un consenso.

“Entre los palestinos hay poca confianza en un proceso de paz y en que Israel permitirá el nacimiento de un Estado palestino”, nos dice Khalil Shikaki, director del Palestinian Center for Policy and Survey Research Center. Este escepticismo es manifiesto también hacia los Estados Unidos, la UE y la ONU. Aunque una mayoría considera que Estados Unidos puede presionar a Israel cree, a la vez, que Washington no es neutral y se inclina hacia Israel.

Shikaki, que sigue atentamente las tendencias de la opinión pública palestina se pregunta “cómo mantener el proceso de creación del Estado palestino vivo si nada cambia desde Israel mientras asistimos al control creciente de Jerusalén Este?” Un grave problema es que en los últimos meses Estados Unidos ha presionado a la Autoridad Palestina para que acepte entrar en conversaciones con la intermediación de Washington pero dejando fuera a Jerusalén Este. Para los palestinos esta debería ser la futura capital del Estado palestino. El 15 de marzo Hillary Clinton incluyó, según su portavoz, a Jerusalén Este en las presiones sobre Israel.

Daniel Seidemann, director de la ONG israelí Terrestrial Jerusalem, indica que hasta ahora ha sido un error dejar a Jerusalén Este “para más tarde” en todas las rondas de negociaciones que ha habido desde 1981 en la Conferencia de Madrid. Por el contrario, considera que los colonos y el gobierno israelí están reformulando la geografía social de esta zona que debería ser la capital de un futuro estado palestino y parte de la frontera entre los dos estados. La expulsión forzosa de familias palestinas de sus casas en barrio como Sheik Sharam y Ramat Shlomo y la ampliación de diversos asentamientos están produciendo un doble movimiento de colonización y aislamiento de Jerusalén Este del Territorio de Cisjordania. Una colonización forzada que se realiza bajo la protección de la policía y los jueces israelíes que puede tener un efecto muy grave en Oriente Medio y alentar estallidos de violencia.

Al preguntar en Israel si Netanyahu tiene un plan las respuestas oscilan entre que su único interés es sobrevivir en el gobierno y que su prioridad no es negociar con los palestinos sino acabar con el plan nuclear iraní al que considera un “peligro existencial” para Israel. A los palestinos les ofrece “la paz económica”, que se desarrollen, no sean una amenaza para Israel y que poco a poco vuelvan a ser mano de obra barata. En este sentido, el dinamismo económico que se ve en Ramallah y otras ciudades del West Bank parece el sueño de Netanyahu.

Pero ese dinamismo se basa en servicios del Estado (pagados con ayuda internacional) y construcciones de viviendas y oficinas (generalmente con fondos de la diáspora). Diversos observadores palestinos indican que no hay economía productiva ni en agricultura y alimentación, y menos todavía industria. Si en dos años no se ha creado el Estado palestino los donantes, especialmente la UE, se encontrará ante el difícil dilema de estar ayudando a que los palestinos sobrevivan pero bajo una ocupación permanente en un régimen que hace sufrir a la gente como en el Apartheid. “Hoy la violencia no es hoy una opción, dice Shikaki, ¿pero qué pasará si las expectativas que ha creado Fayad no se cumplen?” De hecho, la gran decepción ha sido con Obama, que perdió la primera vuelta sobre los asentamientos frente a Netanyahu en 2009.

Algunos observadores consideran que actores locales y donantes deben hacer un gran esfuerzo y coordinación para que la iniciativa de Fayyad triunfe. George Giacaman, director de la organización palestina Muwaitin indica que “el proyecto de construcción del Estado sin una solución política no irá a ningún sitio”. Para el presidente palestino Mahmud Abbas la falta de continuidad geográfica y que no se incluya a Jerusalén Este en las conversaciones le impide iniciar conversaciones directas o indirectas.

Ante este escenario la política interna palestina se enfrenta a varios desafíos. Los políticos tienen un gran desprestigio en Cisjordania, y Fayyad goza de confianza porque ha mantenido una identidad tecnocrática y representa la elevación del nivel de vida. En el momento que pase a la política, y ésta se quede estancada, podría encarnar una frustración. Hamas mantiene un firme control en Gaza mientras crea las bases de un Estado firme y frágil a través de pactos con los sectores religiosos generando una islamización creciente. Pese a ello, los estudios del centro de Shikaki indican que Fatah sigue teniendo un peso político importante en la franja.

Con relación a la Autoridad Palestina, Hamas considera que no se le toma suficientemente en serio. La opción de poder compartido con rotación parece ser la preferida de los líderes de Hamas. Pero, en efecto, en amplios sectores de Fatah se ve a Hamas como un fenómeno extraño que posiblemente perdería fuerza si no hubiese ocupación y se declarase el estado palestino.

La realidad de los hechos se encuentra tan distante de los marcos de referencia repetidos durante años, que inclusive Yossi Alpher, editor del website Bitterlemons, considera que aunque hubiese un acuerdo entre Netanyahu y Abbas nadie lo respetaría. Mustafa Barghouthi, de la Iniciativa Nacional Palestina, cree que las intenciones de Israel son alargar todo proceso de negociación para que no llegue a ningún sitio y continuar con la política de anexiones, enclaves y dejar que la Autoridad Palestina controle la seguridad.

Para este médico palestino, al igual que para muchos palestinos e israelíes críticos, es necesario boicotear los productos israelíes. A la vez, la Autoridad Palestina debe servir para apoyar la resistencia internacionalmente, denunciar a Israel promoviendo el Informe Goldstone sobre violaciones del Derecho Internacional Humanitario por parte de Israel y también de Hamas en Gaza, pedir la intervención de la Corte Penal Internacional, y hacer campaña sobre la implantación del Apartheid. Todo esto debe ir unido a planes contra la pobreza y a favor de la educación de los palestinos y la protección de las ciudades, y promover la unidad nacional entre Fatah y Hamas. “Este no es un momento de soluciones, dice Barghouti, sino de resistencia”.

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