“En la obra de José María Arguedas habla el peregrinaje del español andino”


“En la obra de José María Arguedas habla el peregrinaje del español andino”.

Entrevistas

Julio Ortega

La obra de José María Arguedas (Andahuaylas, 1911-Lima, 1969) demuestra que el Perú es el raro país donde un hombre no puede hablar libremente con otro, sostiene Julio Ortega (Casma, Perú, 1942), crítico literario y director del Proyecto Transatlántico de la Universidad de Brown, en Rhode Island.

“La obra de Arguedas se puede leer como un mapa dialógico del país: todos tenemos un lugar de hablantes en ella porque nuestra identidad se define por el lugar desde donde hablamos”, asegura, y puntualiza que en ese mapa los espacios son jerárquicos, autoritarios, discriminadores, inhumanos.

“El índice de distribución del lenguaje debe ser uno de los peores del mundo: en estas novelas se busca subvertir ese desorden social desde el orden natural, desde las hablas de la subjetividad, desde la capacidad creativa del habla humana, hecha para hacer vivible el espacio humano, allí donde los ríos más profundos son los de las voces que se comunican”, dice.

En cuanto al legado del autor de Todas las sangres (1964), al conmemorarse el primer centenario de su nacimiento, Ortega afirma que en su obra habla el peregrinaje del español andino. “Es un registro verbal impregnado por una vivencia del cosmos, de la asociación mítica entre el hombre y las cosas, entre el lenguaje y el mundo”, apunta.

Pero al mismo tiempo, los sujetos de esa gran cosmovisión andina son seres desplazados y agónicos, añade el crítico. “Peregrinan, creo, en pos del espacio improbable de una nueva restitución. De allí la subjetividad herida de estos personajes transitivos, que han hecho de la pérdida una búsqueda superior”, dice.

Pero no es el hombre quien deambula, es su lenguaje, que es todo lo que posee y es, a la vez, lo más poderoso que tiene, dice.

Acerca de la evolución en los aspectos formales y de estilo en la obra literaria de Arguedas, desde los inicios de su producción, alrededor de 1935, hasta el final de su trabajo creador y de su vida, en 1969, el autor de Crítica de la identidad (1988) señala que el autor de Agua (1935) pensó seriamente si debería escribir en quechua o en español.

“En su juventud los indígenas que aparecían en la literatura peruana, dijo, hablaban como sirvientes. O sea, usaban prestado el lenguaje de la dominación. Por eso, cuando decidió escribir en un español contaminado por el quechua, en verdad escribió en una lengua que nadie habla, en una lengua poéticamente inventada para una comunidad hablante inexistente. En Los ríos profundos (1958), por ello, el habla es la del futuro, así hablaremos cuando todos seamos bilingües”, dice.

Sobre el lugar que ocupa la obra de Arguedas, en el contexto de su surgimiento y desarrollo, y en relación al canon occidental de la literatura escrita en español, dice Ortega que el mismo está hecho hoy de muchas fuentes, idiomas, y culturales no centrales.

Canon en construcción

“Es un canon permutante, a tal punto que cuando un crítico propone su canon, otro propone un canon distinto. En español el canon está siempre en construcción. Y Arguedas tiene su lugar en él, se lo lee con seriedad y devoción”, sostiene.

El autor de El principio radical de lo nuevo (1997) observa el hecho de que algunos escritores y críticos, como también sociólogos y etnólogos, han pretendido desautorizar la versión de Arguedas, “como si su obra tuviese que ser reflejo fiel de la sociedad andina y no, como es, una imagen de esa sociedad como la hipótesis de una compartimentación peruana, capaz de organizar el espacio compartible”.

En relación a cómo se inscribe la obra arguediana en el marco de las transformaciones valorativas y de la crítica ocurridas a lo largo del último medio siglo en el ámbito de la literatura en español, Ortega observa que reconoce varias etapas, pero en general se puede observar que la crítica ha diversificado sus aproximaciones, enriquecida por su carácter pluridisciplinario, e incluso transdisciplinario.

“También hay una curiosidad biográfica y documental que busca hacer más comprensible su figura trágica. Lo que nos falta todavía es una biografía solvente y compleja de una figura intelectualmente central y poéticamente ejemplar”, precisa.

Las referencias al ejercicio de las disciplinas etnográficas y antropológicas actuado por Arguedas resultan algunas veces utilizadas con el afán de relativizar los méritos de su trabajo en el terreno de la creación literaria. Al respecto, el crítico expresa que en verdad Arguedas vivió el drama de deslindamiento entre los saberes literarios y los saberes disciplinarios.

“Primero, él trabajó mucho para ganar autoridad como científico social; después, los científicos sociales, en un famoso congreso peruano, le reprocharon que sus novelas no eran ya actuales y que el mundo que narraba había desaparecido. Pero Arguedas visitó el mercado y se encontró con la sorpresa de nuevos discos y cantantes. Quedó reconfortado”, indica.

Arguedas, Vargas Llosa, el Boom

Acerca de la validez de una proposición harto socorrida referida a la literatura peruana de la segunda mitad del siglo XX, que caracteriza las obras de Arguedas y Mario Vargas Llosa como dos opciones de interpretación de una sociedad en proceso de modernización, Ortega dice que “es válida en el sentido de que hay muchas otras así mismo válidas”.

Asegura que no tiene mucho sentido reducir la experiencia peruana, de por sí compleja, a los paradigmas de Arguedas y Vargas Llosa. “Es ocioso enfrentarlos, ya que juntos son más productivos y hay que dejarlos trabajar cada uno desde su propio registro, a su cuenta y riesgo”, acota.

La década de los ‘60s del siglo pasado fue escenario del surgimiento y el auge del Boom de la narrativa latinoamericana —cuyos principales exponentes fueran precisamente Vargas Llosa y Gabriel García Márquez—, un fenómeno contemporáneo con la última etapa de la producción literaria de Arguedas en Perú.

Según se documenta en el libro De Gabo a Mario, de Ángel Esteban y Ana Gallego, Carlos Fuentes, un conspicuo protagonista del boom, dirigió el 13 de noviembre de 1968, desde Barcelona, una carta a Vargas Llosa. La comunicación aborda varios temas e incluye una referencia al autor de Yawar Fiesta (1941). “…y el pobrecito Arguedas (hijo mío: sólo serás buen escritor si te han devorado las pulgas o el romanticismo de la miseria) resucita, a estas alturas, la querella entre ‘indianismo’ y ‘cosmopolitismo’ ”, escribió el autor de La muerte de Artemio Cruz.

—¿No había lugar para la obra de Arguedas? ¿Su obra no era nueva o pecaba de provincianismo? ¿No le alcanzaba para merecer una proyección universal? ¿El boom fue otra cosa? ¿Qué fue?

Ortega —cuyo primer libro de crítica, publicado bajo el título de La contemplación y la fiesta (1968), estuvo dedicado a ese fenómeno— explica que las novelas del boom correspondieron a un modelo comunicativo tecnológico, basado en la gran prensa y la red editorial supranacional, mientras que las novelas de Arguedas corresponden al modelo de comunicación natural: la voz del río, el canto de los pájaros, la entonación de las canciones.

“Por eso he dicho que no hay que enfrentarlos, ambos son paralelos pero equidistantes; y deben trabajar juntos para todos nosotros”, reitera.

La polémica con Julio Cortázar, un malentendido

Precisamente a finales de esa década se suscita una polémica —que el crítico uruguayo Ángel Rama consideró la más llamativa de ese momento del proceso literario en Hispanoamérica— entre Arguedas y otro destacado escritor del boom, Julio Cortázar.

El punto de partida fue una carta que el autor de Rayuela dirigió el 10 de mayo de 1967 al cubano Roberto Fernández Retamar y publicada bajo el título “Situación del intelectual latinoamericano”. En la que se define ajeno al telurismo “por estrecho, parroquial y hasta diría aldeano”.

En el número correspondiente a abril-junio de 1968 de la revista Amaru, Arguedas publicó el Primer diario de su novela El zorro de arriba y el zorro de abajo. Allí dijo: “Todos somos provincianos, don Julio. Provincianos de las naciones y provincianos de lo supranacional”.

El turno del argentino llegó el 7 de abril de 1969 en la revista Life en Español, y lanzó: “…pero menuda diferencia entre ser un provinciano como Lezama Lima, que precisamente sabe más de Ulises que la misma Penélope, y los provincianos de obediencia folklórica para quienes las músicas de este mundo empiezan y terminan en las cinco notas de una quena”.

Ortega asevera que, en realidad, esa confrontación respondió a un malentendido. “Buscando un ejemplo de autor regional, se le ocurrió mencionar a Arguedas, quien de inmediato le respondió. Cortázar se dio cuenta de que Arguedas era mucho más que un escritor regional, y trató de pasar página, pero la zozobra aumentó este episodio lamentable”, refiere.

El 1 de junio de 1969, pocos meses antes de darse muerte, Arguedas publica en el diario El Comercio, de Lima, su dolida contestación: “Inevitable comentario a unas ideas de Julio Cortázar”.

Mas en el intercambio con el argentino, Arguedas no se resignó a encarnar el rol del escritor provinciano disminuido y menospreciado. Tal y como lo hace notar Ortega, sus respuestas fueron muy irónicas y se defendió muy bien.

“Ni Cortázar, ni Vargas Llosa, ni García Márquez son exilados. No sé de dónde ni de parte de quién surgió este inexacto calificativo con el que, aparentemente, Cortázar se engolosina. Ni siquiera Vallejo fue un verdadero exilado. A usted, don Julio, en esas fotos de Life se le ve muy en su sitio, muy ‘macanudo’, como diría un porteño… Empiezo a sospechar, ahora sí, que el único de alguna manera ‘exilado’ es usted, Cortázar, y por eso están tan engreído por la glorificación, tan folkloreador de los que trabajamos in situ y nos gusta llamarnos, a disgusto suyo, provincianos de nuestros pueblos de este mundo, donde, como usted dice, ya se inventaron y funcionan muy eficientemente los jets, maravilloso aparato al que dediqué un jayllay quechua, un himno de más de cinco notas como felizmente las tienen nuestras quenas modernas”, escribió Arguedas.

“Debo decir que Cortázar estaba profundamente arrepentido del episodio que desencadenó con su artículo en Life. A pesar de ello, no deja de ser sintomático que Arguedas haya sufrido el rechazo, la exclusión o el malentendido; su lectura está cargada de esas interpretaciones que para afirmar su identidad requieren negar la suya”, dice Ortega.

Adenda: valoraciones y afinidades

En todo caso, la relación de Arguedas con otros escritores no se redujo en modo alguno a las diferencias o antipatías. Un ejemplo de ello es la recíproca y positiva valoración de sus respectivas obras y el aprecio personal que se profesaron Arguedas y Vargas Llosa, documentados en la correspondencia que intercambiaron hasta muy cerca del final de la vida del primero.

Ya en 1964, el autor de La ciudad y los perros encomiaba la obra literaria y el quehacer antropológico de Arguedas en el artículo “Arguedas descubre al indio auténtico”, publicado en las revistas Marcha (Montevideo) y Visión (Lima).

Décadas más tarde, el ahora Nobel de Literatura reuniría sus reflexiones sobre la obra arguediana en el volumen La utopía arcaica (1996).

En Santiago de Chile, donde escribió parte de El zorro de arriba y el zorro de abajo, Arguedas trabó amistad con los poetas Pedro Lastra y Nicanor Parra. Del autor de Antipoemas diría: “En la ciudad, amigos, en la ciudad yo no he querido creo que a nadie más que a Nicanor ni me he extraviado más de alguien que de él”.

Arguedas valoró mucho también la obra del mexicano Juan Rulfo y así lo expresó en el Primer diario: “¿Quién ha cargado a las palabras como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencias, de santa lujuria, de hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza, de piedra, de agua, de pudridez violenta por parir y cantar, como tú?”.

El autor de Pedro Páramo correspondió los juicios del peruano, a quien situó entre los escritores hispanoamericanos fundamentales solamente después de su preferido, Juan Carlos Onetti.

El mexicano calificó de excelente la novela Los ríos profundos y llegó a considerar a Arguedas un gran escritor, mejor que Vargas Llosa, según lo consigna Ernesto Parra en la entrevista titulada “Juan Rulfo. Retrato de un ex novelista”, incluida en el volumen Juan Rulfo. Toda la obra (Edición crítica. Claude Fell, coordinador. Allca XX-Universidad de Costa Rica. Primera reimpresión, 1997, página 481).

fuente: Letralia

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