DEMOCRACIA Y DERECHOS HUMANOS


Su utilización en una nueva estrategia imperial –

Por: Roberto Perdía

No es ninguna novedad la profunda relación existente entre la evolución de las políticas internas de los países de Nuestra América -Argentina entre ellos- y los intereses de los Estados Unidos. No obstante ello, no es mucho lo que se ha reflexionado sobre la incidencia estadounidense en las características que tuvo en nuestro país el fin de la dictadura y la reinstalación de las instituciones de la Constitución.

Finalizada la II Guerra Mundial se sientan las bases institucionales de la Doctrina de Seguridad Nacional que se iría instalando en la región como una táctica posbélica para asegurar el control de esta parte del mundo.

En los años 80 esta concepción incorporaría un nuevo concepto, el de Guerra de Baja Intensidad como una “lucha total” (por todos los medios), a la rebeldía de los pueblos sometidos. Estas acciones incluían, además de lo militar, aspectos sociales, religiosos y culturales. Hacia fines de esa década serían ampliadas las causas para justificar tal intromisión. El narcotráfico, aprovechando el rol que la agencia oficial norteamericana DEA tiene al respecto, sería colocado en el lugar del enemigo a combatir.
Toda esta concepción derivada de la Guerra Fría, tiene como eje el accionar militar. Y como principales actores en la región a las fuerzas armadas de los diferentes países.

A la par de ese pensamiento, propulsor de los golpes de Estado que asolarían nuestra región, se iría desarrollando otro, que más allá de sus apariencias resultaría ser complementario al anterior.
Se trataba de instalar en el centro de la escena la cuestión de la democracia representativa y los derechos humanos.
Los mismos que fundamentaron las duras y militaristas políticas anteriores ahora colocaban el eje en otro aspecto de la política norteamericana.

Esas banderas, que siempre fueron cínicamente utilizadas por la diplomacia norteamericana, se irían constituyendo en el estandarte de sus políticas en la región.
Las dictaduras, prohijadas por la Doctrina de Seguridad Nacional, habían cumplido su tarea. En su cuenta se podían cargar los miles de muertos, desparecidos, presos, desplazados y exiliados que dejaron a su paso.
Los intereses imperialistas no podían detenerse en “esos detalles”. Se abría otra etapa histórica y había que adecuar el discurso a los nuevos tiempos.

Dos personajes de esos tiempos serían los encargados de orientar una y otra estrategia norteamericana. Henry Kissinger, es uno de ellos. Zbigniew Brzezinski,
es el otro. Del Partido Republicano y asociado a los intereses de los Rockefeller, el primero; miembro del Partido Demócrata, el segundo.
Desde el poder que ejercieron, utilizaron a los derechos humanos y la democracia representativa como instrumentos aptos para legitimar el proceso de globalización que, enraizado en la transformación tecnológica y digital, se constituyó en una manifestación del poder totalizador de los países poderosos de occidente.

Con esos medios, el poder globalizante recorrería la transición de la sociedad moderna al posmodernismo asegurando la continuidad de la primacía capitalista, ahora bajo la hegemonía del sector financiero, en la configuración del nuevo orden mundial.
Un avance de este proceso lo constituiría la globalización de los derechos humanos. Puede considerarse como una expresión de esta tendencia el llamado “Estatuto de Roma” (1998), por el que se creó la Corte Penal Internacional, encargada de perseguir y condenar los crímenes graves cometidos por individuos (genocidio, crímenes de lesa humanidad, crímenes de guerra y crimen de agresión) en contra del Derecho Internacional.

Estos instrumentos no solo han servido sirven para “lavar” las responsabilidades imperiales en distintos crímenes cometidos en su patio trasero. También fueron -y son- útiles para las grandes batallas para alcanzar y sostener la hegemonía mundial
En este sentido Rusia, China, los pueblos musulmanes y el mundo islámicos son sus principales destinatarios. Integrarlos progresivamente a la homogeneidad del consumismo capitalista es su objetivo. En este sentido la globalización de los derechos humanos y la democracia representativa cumplen un rol insustituible para legitimar la vigencia del sistema liberal capitalista. En nombre de esas dos banderas los Estados Unidos de Norteamérica, en estos tiempos recientes, destruyen culturas y masacran pueblos.

Tal como lo demuestra la experiencia, una vez reconocidos como supremos valores globalizantes, son utilizados para presionar a diferentes pueblos y naciones. De ese modo se van constituyendo en componentes esenciales para la globalización de la cultura occidental, la ampliación de las leyes del mercado del sistema capitalista y la satisfacción de sus necesidades estratégicas en materia de recursos y mercados. Es innegable que sobre esas bases se están constituyendo un nuevo modelo de acumulación, donde el saqueo y el sector financiero ocupan el centro del escenario.

Con la misma lógica que le permite -a la burguesía- instalar sus producciones en el mercado de consumo masivo, conduciéndonos a comprar mercancías ridículas que transforman en imprescindibles, manejan la cuestión electoral. De ese modo la democracia, reducida a las elecciones mediante un periódico voto, se ha transformado en un producto de mercadeo utilizado para escamotear la soberanía del pueblo.

En nuestro caso, colocando en la agenda de los pueblos una mirada sesgada sobre los derechos humanos, se pretende retrasar, postergar la comprensión de la responsabilidad vieja y actual del poder económico. Es obvio que, a tales fines, los derechos humanos a reivindicar se concentran casi exclusivamente en aquellos violados por las dictaduras que el propio sistema contribuyera a instalar.

Detrás de las democracias representativas como única forma de democracia, aspiran a clausurar las aspiraciones de mayor participación y protagonismo de los sectores y fuerzas sociales que vienen siendo excluidos del sistema de poder.

Es justo reconocer que democracia representativa y derechos humanos también pueden servir para avanzar en procesos emancipatorios de los pueblos. Pero ello sucede cuando son los pueblos y no el Imperio, sus personeros e instituciones quienes los integran a la agenda de sus reivindicaciones y luchas.

Ambos aspectos tuvieron su expresión en lo acontecido en nuestro país, en medio de la dictadura que nos asolara.
En manos del pueblo y sus organizaciones, esas reivindicaciones sirvieron para amortiguar los dolores de la lucha y avanzar en la solidaridad. En esos casos no eran una construcción formal, hecha desde el poder y destinada a legitimarlo. Constituían una forma de recuperación de derechos que fortalecían y alimentaban la resistencia del pueblo y sus organizaciones.

Esa sería la ambigüedad en medio de la cual se retiraba la dictadura y el pueblo recuperaba derechos y señalaba algunos de los límites dentro de los cuales funciona nuestra “democracia”. En semejantes condiciones se produce la reivindicación y defensa de los “derechos humanos”.

Esta democracia, la actual democracia, desarma nuestros derechos y los “derechos humanos” raramente dan cuenta de la cotidiana violencia de las necesidades insatisfechas.

fuente: La Simon Bolivar Juventud

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s